Hipólito Yrigoyen, revolucionario
Cuando
terminó el Bachillerado, inició la militancia política junto a su tío Leandro
N. Alem en el Partido Autonomista, un partido de
corte populista liderado por Adolfo Alsina, en firme oposición al Partido
Nacional de Bartolomé Mitre.
Poco
después, Yrigoyen y Alem se enfrentaron con el sector oficial del Partido
Autonomista, llevando como candidato propio a Aristóbulo del Valle y
sosteniendo una actitud de intransigente oposición a los acuerdos entre
dirigentes. El enfrentamiento interno terminó con la exoneración de Yrigoyen,
quien al año siguiente fue elegido Diputado Provincial por el Partido
Republicano (fundado como alternativa al autonomismo). Los principales
postulados de esta propuesta política eran: la protección de industrias rurales,
la creación de escuelas industriales, la autonomía universitaria, el
mejoramiento de la vialidad y la colonización junto a las vías férreas. Sin
embargo, tras la temprana muerte de Adolfo Alsina, su principal
opositor, Yrigoyen retornó al autonomismo.
Aún
seguía viviendo en la casa de su tío cuando sus esfuerzos comenzaron a dar
frutos. Lentamente mejoró su fortuna dedicándose a la invernada, es decir, la
compra de vacunos para su engorde y venta al frigorífico. Para ello arrendó las
estancias “Santa María” y “Santa Isabel” en 9 de Julio, otros campos en Bahía
Blanca, San Luis y Córdoba, pero además,
gracias a un crédito del Banco de la Provincia de Buenos Aires, se convirtió en
propietario de la estancia el “El Trigo”, cerca de la localidad de Las Flores.
Realizó una verdadera fortuna de varios millones de pesos que fueron utilizados
casi completamente en la actividad política, a tal punto que, al momento de
morir, su sucesión dejó un déficit.
En
1889, Yrigoyen se mudó a su propia casa, frente a lo que hoy es la Plaza
Congreso en la ciudad de Buenos Aires, en la calle que hoy lleva su nombre. Por
esa época entabló una profunda amistad con Carlos Pellegrini y Roque
Sáenz Peña.
Desde
su Partido, Yrigoyen volvió a participar activamente en la vida política e
institucional de la Nación, sumándose a la Revolución del ’90. Siguiendo a su
tío, Leandro Alem, y a Aristóbulo del Valle, fue uno de los fundadores de la Unión
Cívica Radical el 26 de junio de 1891. Casi dos años después, en la
Revolución del ’93, Yrigoyen condujo y financió un ejército “radical”.
La
revolución desde Azul
El
30
de julio de 1893, procedente de Las Flores, Hipólito Yrigoyen arribó
de incógnito en tren a Azul…
Desde la Revolución de 1890, la
Unión Cívica se presentaba ante la sociedad como una organización política que
proponía una nueva forma de hacer política. Pero en su seno se percibían
notables diferencias entre sus dos conductores. Los objetivos de Alem y Mitre
eran notablemente diferentes. Sólo coincidían en expulsar a Juárez Celman del
gobierno. Pero mientras Alem luchaba por elecciones libres y transparencia
gubernativa, el mitrismo, aliado con el roquismo, pretendía recuperar el poder
para colocarlo en manos confiables que aseguraran que nada cambiaría.
La Unión Cívica Radical se
orientó hacia la intransigencia. Sus dirigentes negaron la legitimidad del
acuerdo entre mitristas y roquistas y decidieron pasar a la resistencia.
A principios de julio de 1893 se
realizó una importante reunión entre el ministro del Interior, el cívico Aristóbulo
Del Valle, Leandro N. Alem y Bernardo de Irigoyen. Los dos
líderes radicales se esforzaron por convencer a Del Valle para que diera un
golpe de Estado y asumiera el gobierno con el apoyo del radicalismo. El
ministro se negó para “no sentar un
funesto precedente”. Fracasada esta gestión la Unión Cívica Radical se
lanzó a la lucha revolucionaria.
En
su campo “El Trigo”, ubicado en el Partido de Las Flores, Hipólito
Yrigoyen se había retraído un tiempo atrás pergeñando su revolución contra un
régimen político fraudulento y autoritario que, según su visión, hundía al país
en una profunda crisis política, social y económica. Tras un importante
esfuerzo logró reunir un gran número de hombres a los cuales se ocupó de armar.
La
Revolución
del ’93 fue la primera en concretarse en la provincia de Buenos Aires y
comenzó, tal como lo había decidido el “Peludo”, con la toma de la ciudad de Azul.
Aquel frío día invernal Yrigoyen llegó con una considerable fuerza
revolucionaria armada con la cual buena parte del pueblo azuleño hizo causa
común “porque el gobierno municipal era
un semillero de escándalos y latrocinios” de la mano de los hermanos Manuel
y Evaristo Toscano.
Las
autoridades municipales y los toscanistas se atrincheraron en el Palacio
Municipal. Sin embargo, pronto debieron deponer su actitud…
El
doctor Narciso Mallea, como testigo de los episodios, un tiempo
después hizo una extensa descripción de los mismos destacando: “Hipólito Yrigoyen está en el centro de un
montón de gentes envuelto en una enorme humareda, todos fumaban, menos “el
cristo mudo”. Viste de chaqué. Está como si tuviera que dictar su clase en la
Escuela Normal… Se ve en él una severa energía; no levanta la voz, ordena sin
descompostura.”.
En
Azul, que era un pueblo fundamentalmente mitrista (vale mencionar que entre los
múltiples homenajes que desde Azul se hicieron en vida de Mitre, la calle
paralela a las vías del ferrocarril, hoy llamada Islas Malvinas, llevó el
nombre del ex presidente), el radicalismo no tenía caudal político. Pero la
revolución pudo triunfar, paradójicamente, gracias al apoyo de los seguidores
del general Bartolomé Mitre que constituyeron los contingentes más numerosos
para la lucha.
Con
el doctor Isidoro Sayús en la Intendencia y Luis Aldaz en la
Comisaría, Yrigoyen, la Junta Revolucionaria y la tropa radical pasaron a
almorzar en la cancha de pelota de Miguel Olasagasti. Luego, Yrigoyen
se fue tan silencioso como había llegado…
Luego
de pasar por Sierra Chica, los revolucionarios se dirigieron a Olavarría,
que había sido tomada por el Dr. Ángel Pintos, a quien Yrigoyen,
tras varias negociaciones, dejó al frente de la situación aunque no era
radical. Dominada la ciudad vecina, las numerosas fuerzas, engrosadas con la
policía de los sitios tomados, partieron a Temperley.
La
revolución que se había iniciado simultáneamente en más de ochenta ciudades, triunfó
en todas partes de la provincia. El ejército radical llegó a contar con 8.000
hombres bien armados bajo el mando directo de Marcelo Torcuato de Alvear.
El día 8 de agosto tomaron la Capital e instalaron como Gobernador provisorio a
Juan
Carlos Belgrano (vinculado familiarmente a Azul).
Cuando
ya se celebraba el triunfo de la Revolución, sus dirigentes cometieron varios
errores que los llevaron a la derrota. En primer lugar, Aristóbulo del Valle se
negó a dar un golpe de estado y desplazar al Presidente Sáenz Peña, como le
reclamaban Leandro Alem y el grueso de los dirigentes radicales. Del Valle se
negó a violar la Constitución y preparó un plan legal, por el cual intervino
las principales provincias para luego garantizar elecciones libres. El Senado
aprobó las intervenciones, pero la Cámara de Diputados no, y de ese modo hizo
fracasar el plan.
El
segundo error se produjo cuando Hipólito Yrigoyen liberó a Carlos Pellegrini,
uno de los líderes clave del autonomismo oficialista, que había sido apresado
en Haedo por los revolucionarios. Una vez liberado, se dirigió a la Capital y
reorganizó las fuerzas del oficialismo.
Finalmente,
el tercer error se produjo cuando, inexplicablemente, Aristóbulo del Valle
decidió abandonar la Casa Rosada y dirigirse a Temperley donde estaba acampado
el ejército radical revolucionario para estar presente en el momento de la
entrega de las armas. Así, el 11 de agosto, Pellegrini y Roca aprovecharon
astutamente los proyectos de intervención que aquel había mandado al Congreso,
para hacer aprobar la intervención de las provincias de Buenos Aires, San Luis
y Santa Fe, ahora en poder de gobiernos revolucionarios.
Enterado
el radicalismo de la intervención, su única alternativa era que Aristóbulo del
Valle desconociera la ley del Congreso y marchara a Buenos Aires con el
ejército radical. Alem se lo pidió encarecidamente. Pero predominaron los
principios legales de Aristóbulo del Valle y presentó su renuncia al gabinete
el 12 de agosto, siendo reemplazado por el roquista Manuel Quintana.
El
25
de agosto de 1893 el Comité Provincia de la Unión Cívica Radical
decidió entregar las armas. Aparentemente la Revolución había fracasado. Sin
embargo, había encendido la voz de alarma en el seno del régimen fraudulento
gobernante, el cual haría su mayor esfuerzo para perpetuarse en el poder, pero
no lo lograría por mucho más tiempo…
Camino
a la Presidencia, Ley Sáenz Peña mediante
A
pesar del afecto que sentía por su tío, Yrigoyen desconfiaba de sus condiciones
para el liderazgo, lo que lo llevó a enfrentarse políticamente y a organizar la
Unión Cívica Radical de la provincia de Buenos Aires como un partido político
autónomo.
Tras
el suicidio de Leandro Alem y la muerte de Aristóbulo del Valle, en 1896,
Yrigoyen se manifestó en profundo desacuerdo con la orientación acuerdista con
el mitrismo que imponía el presidente del Comité Nacional, Bernardo de
Irigoyen, como táctica para enfrentar a Roca, cuando éste se encaminaba a su
segunda presidencia en 1898. Cuando la Convención Nacional de la U.C.R.
sancionó la llamada política de las paralelas para concurrir a elecciones junto
con los mitristas, Yrigoyen disolvió el Comité de la provincia de Buenos Aires,
desbaratando la estrategia de los bernardistas. Desde entonces, el radicalismo
entraría en un grave estado de desorganización partidaria.
En
1903 Yrigoyen comenzó la reorganización institucional de la U.C.R., y encabezó
y financió con su propio dinero la Revolución de 1905, que resultó un fracaso.
Sin embargo, por miedo a un nuevo levantamiento armado de Yrigoyen, su amigo y
Presidente de la Nación, Roque Sáenz Peña sancionó la Ley del Voto Secreto en
1912, más conocida como “Ley Sáenz Peña”.
En
las elecciones celebradas el 2 de abril de 1916, las primeras
bajo el régimen de la Ley del Voto Secreto, la fórmula de la Unión Cívica
Radical, Hipólito Yrigoyen-Pelagio Luna, se impuso cómodamente.
La
asunción del Presidente ocurrió el 12 de octubre de 1916, en el marco
de una auténtica algarabía popular. Buena parte de su programa político
consistió en terminar con los excesos que se habían cometido durante los
sucesivos gobiernos del “Régimen”, como se llamó al período conservador.
Bajo
el programa que Yrigoyen denominaba de “Reparación
nacional”, empeñó su esfuerzo en terminar con la corrupción, renovar las
costumbres y la clase dirigente, y reorganizar las instituciones políticas de
la Nación mediante la efectiva aplicación del sufragio libre.
La
tarea del Presidente se vio dificultada principalmente por no contar con
mayoría en el Congreso Nacional para implementar sus reformas, y además por
encontrarse las provincias gobernadas por funcionarios conservadores. Esta
última situación llevó a Yrigoyen a ordenar intervenciones en varias provincias
-las llamaba intervenciones reparadoras- con la finalidad de llamar a
elecciones limpias para concluir los mandatos de gobernadores conservadores que
habían sido elegidos en comicios fraudulentos.
Si
bien durante su gobierno hubo una actitud conciliadora y comprensiva de las
justas aspiraciones obreras, grupos anarquistas y comunistas agitaban el ánimo
de los obreros produciéndose huelgas con sorprendente violencia como las
ocurridas en la llamada “Semana Trágica”, en la Patagonia y
en La Forestal, con centenares de muertos.
La
Primera
Guerra Mundial, ante la cual nuestro país mantuvo una posición neutral,
provocó la valorizaron de los productos agrícolas y ganaderos, necesitados por
los países en guerra, pero también acarreó una disminución de las
importaciones, intentándose sustituirlas con fabricación local, lo cual dio la
perspectiva de creación de una industria nacional. Yrigoyen mantuvo la
neutralidad de nuestro país a pesar de las presiones de los intelectuales, los
universitarios, y hasta del Congreso Nacional. Al concluir la Guerra Mundial
fue destacadísima la actuación de Yrigoyen en la Liga de las Naciones, cuando
manifestó su desacuerdo con que sólo se convocara a formar de ella a los países
vencedores, alegando por la igualdad de todos los estados soberanos.
Al final de su
mandato se creó Yacimientos Petrolíferos Fiscales (Y.P.F.) destinado a promover
la explotación petrolera, aunque su crecimiento se produjo durante la
Presidencia de Alvear.
Nuevamente
a la Presidencia de la Argentina
A
indicación suya, el candidato radical para las elecciones de 1922 fue Marcelo
Torcuato de Alvear, quien resultó electo y pronto se puso al frente de
la facción antipersonalista de su partido, es decir, la opuesta a Yrigoyen.
Semejante traición fue un trago muy amargo para el viejo líder.
Hipólito
Yrigoyen fue electo presidente nuevamente en 1928, para el período 1928-1934,
derrotando a una coalición de conservadores y radicales antipersonalistas. De
alguna manera, Yrigoyen se cobró revancha.
En
1929 se produjo la Gran Depresión Mundial. El radicalismo dirigido por Yrigoyen
no supo responder a las nuevas tendencias socio-político-económicas que la
crisis estaba señalando, en un contexto de desintegración de todo un paradigma
económico mundial.
Yrigoyen
intervino las provincias de Mendoza y San Juan, gobernadas por radicales
opositores (el lencinismo en la primera y el bloquismo de los Cantoni en la
segunda). A fin de año, el Senador opositor mendocino Carlos Washington
Lencinas fue asesinado por un militante yrigoyenista. El crimen causó estupor
en el país; lógicamente, Yrigoyen fue acusado de haberlo ordenado, aunque no es
probable que haya sido así. Un mes más tarde, hubo un atentado anarquista
contra Yrigoyen al salir de su casa para ir a la Casa de Gobierno. La violencia
comenzaba a aflorar en cada rincón.
El
año 1930 se inició con otro asesinato de un opositor en una provincia
intervenida por el gobierno, el del abogado bloquista Manuel Ignacio
Castellano. El 2 de marzo se realizaron las elecciones parlamentarias, en las
que la Unión Cívica Radical perdió estrepitosamente en la Ciudad de Buenos
Aires, frente al Partido Socialista Independiente. En todo el país, la U.C.R.
retrocedió en su caudal electoral.
En
plena crisis económica y política y cuando aún faltaban cuatro años para las
elecciones presidenciales, la debilidad del gobierno de Yrigoyen se hizo
crítica. El radicalismo estaba completamente dividido y el gobierno no tenía
diálogo con la oposición.
El
6 de septiembre de 1930, el Presidente electo Hipólito Yrigoyen fue depuesto
por el primer golpe de estado de la época constitucional, encabezado por el general José
Félix Uriburu y apoyado por la gran prensa de las familias
oligárquicas, el ejército y la oposición de las élites conservadoras. La clase
media, clave para la llegada de Yrigoyen al poder, había dejado de respaldarlo
tras la debacle económica.
La
muerte del Gran Radical
El
general Uriburu dejó el poder dos años más tarde para permitir la llegada de un
nuevo gobierno que, encabezado por el general Agustín P. Justo como Presidente
y Julio Roca (h) como Vice, resultó electo en comicios viciados por la virtual
proscripción del radicalismo, dando comienzo a la denominada “Década
Infame” caracterizada por la corrupción y un desenfadado fraude
electoral.
Después
de su derrocamiento, Hipólito Yrigoyen había sido detenido y confinado en la
Isla Martín García. Un tiempo después fue puesto en libertad.
Alejado
de la política, con una avanzada edad y un marcado deterioro físico, el
caudillo radical, apodado el “Peludo” por su aversión a mostrarse en público,
falleció en Buenos Aires el 3 de julio de 1933. El cortejo
fúnebre fue acompañado por una multitud de personas convocadas espontáneamente
quienes se agolparon para despedir a un verdadero luchador, cuyos logros no
fueron inmediatamente reconocidos, pero que, con el devenir argentino fueron
revalorizados hasta por la misma oposición que tanto lo había agobiado.
